miércoles, 14 de agosto de 2013

Atención


Prestar atención, atender, recibir atenciones: expresiones todas ellas de una gran belleza. Se dirigen a nosotros, nos llaman con delicadeza y asombro.

Nos acecha la sombra de la desatención. Nos distraemos, perdemos el rumbo. Entonces todo se oculta, las palabras se apartan, las manos se cierran.

Pero la atención se abre, es un gesto de la voluntad. Voy en un determinado camino, volteo la cabeza y hallo frente a mí al que pide mi oído y rodea mi lar.

La atención es un presente. La presencia misma. No te ausentes, vayamos juntos un trecho si así lo dispones.

Atención desinteresada. No tiene nada en común con la obediencia. El que atiende sigue su curso, no elije los caminos trillados. 

El que atiende intuye que se cuida a sí mismo. Ir acompañado no es una objeción ni un riesgo para la soledad, un bien precioso y no renunciable.

El que atiende entiende pero no se hipoteca en la comprensión. Algo misterioso queda preservado, atender es entrar en lo inmenso. 

La atención es un viaje, todo se conmociona, la vida se abre. Y entonces se activan las virtudes comunes: la atención es amistosa, extrovertida, se da por contagio. 

La universidad es un lugar para prestar atención. Oídos dispuestos, manos tejedoras, palabras abiertas. Eso no significa una actitud de vigilancia, propia de comunidades fisgonas.

Por el contrario, hay entre nosotros una cierta perplejidad. Estamos atentos y a la vez cavilamos y damos vueltas. 

No soy afecto a los llamados de atención, esas voces imperiosas que advierten y reclaman y piden cuentas.

Prefiero la actitud que se prodiga en atenciones. Atender debiera ser cuidar. No tanto ser previsores sino más bien darse cuenta de lo que esperan los otros. 

Las maneras de la universidad, la solicitud, las preguntas compartidas, resultan de ese estado de atención que tiene como destino aquello que libra del dolor y aparta las penas.

Los que vivimos aquí nos alejamos del trajín y los hábitos. Es bueno que nuestro tiempo se dilate y salte y se contraiga. Que podamos estar bajo el signo de lo imprevisible. 

Es natural que nos miren con extrañeza. Nos admiran por ser como somos. Los ciudadanos aceptan que en la universidad haya algo de ensimismamiento. Su acción está del lado de la invención y eso hace que a veces parezca extasiada.

Es lo que pienso. Llevamos en nosotros una cierta deriva. Vamos sin saber a ciencia cierta qué viento nos lleva. 

Pero hemos de llegar, si prestamos atención, si las mentes y los oídos se acuerdan.
Entre tanto, nos acordamos que nuestra solicitud tiene que ver con el destierro definitivo de la crueldad. 






[También publicado en el portal UdeA Noticias]

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